Paseaba entre puestos de vajillas chinas, de pocillos y tazas decoradas con caras de perros, más puestos de jabones de mil olores y esponjas de baño llegadas desde Francia, otros puestecillos de hierbas aromáticas, de embutidos, de salchichas alemanas, puestos de comida con productos de la huerta, de quesos, de ropa y amuletos de la suerte que venían de la India... y en el medio de todo eso, en uno de aquellos puestos de diferentes productos, apareció un espejo enorme, en el que me vi reflejado y perdido por un momento en una fantasía, que tan solo duró unos cuantos segundos, pero que sentí como si fuese real. Me encontraba allí, en el mercado de Navidad, que está situado al lado de St Peter´s Church ( la iglesia de San Pedro en Bristol, Inglaterra) cuando mirándome en aquel espejo, sentí como si estuviese en medio de un bombardeo en plena Segunda Guerra Mundial. Mi imaginación me había llevado hasta allí, hasta aquel lugar imaginario en mi cabeza, pero real en el pasado para cientos de personas. También ayudó a crear aquella sensación o fantasía, el ruido que escuché a mi alrededor y que provenía de las sirenas de los coches de policía, de una ambulancia y de un avión que, justo en aquel momento, surcó el cielo de Bristol. Me quedé paralizado mirando al cielo, buscando aquel avión y agachando inconscientemente la cabeza. Me imaginé que estaba vestido como un soldado del Ejército Británico, con mis botas, mi traje, mi casco y mi arma y que estaba en estado de alerta mirando el cielo. Se que fueron pocos segundos pero lo sentí como si fuese real.
Creo que lo que me había llevado a aquella situación surrealista, había sido el intento de adentrarme en las sensaciones de las personas que habían estado allí 63 años atrás, en la Segunda Guerra Mundial y que había vivido unos minutos antes al fotografiar y observar la iglesia de San Pedro ( St Peter´s Church, Bristol) destruída por los bombardeos durante la Guerra.
Antes de aquel momento fantástico, había rodeado la Iglesia buscando un buen ángulo para tratar de sacar algunas fotografías, fijándome a la vez en sus formas y en su estado, en lo que no sobresalía. Por fuera, aunque la restauración trataba de evitarlo, pude ver el paso del tiempo sobre ella, con los bloques de piedras gastados por las condiciones meteorológicas y las "heridas" de algún bombardeo que sufrió aquel lugar. Aquella Iglesia, sin tejado, sin las cristaleras de color, sin sus arcos interiores, sin su pintura interior de color dorado, se parecía más a un cuerpo desnudo, sin ropa que lo abrigue, que a una iglesia.
Luego, me acerqué más y observé su interior, vacío, sin nada, con malas hierbas creciendo y trepando por sus paredes vacías y desgastadas por incendios y balazos que había padecido. Donde antes, hace 63 años se celebraban misas por los caídos en la Guerra, ahora había un par de cuervos "andando a sus anchas" al lado de herramientas desordenadas, vallas y conos de carreteras dejados allí por los operarios del ayuntamiento.
En cuanto a la Segunda Guerra Mundial, decir que el tiempo no curará las heridas, el tiempo no es un doctor, pero si puede ser una aspirina que alivie un poco el dolor.

Creo que lo que me había llevado a aquella situación surrealista, había sido el intento de adentrarme en las sensaciones de las personas que habían estado allí 63 años atrás, en la Segunda Guerra Mundial y que había vivido unos minutos antes al fotografiar y observar la iglesia de San Pedro ( St Peter´s Church, Bristol) destruída por los bombardeos durante la Guerra.
Antes de aquel momento fantástico, había rodeado la Iglesia buscando un buen ángulo para tratar de sacar algunas fotografías, fijándome a la vez en sus formas y en su estado, en lo que no sobresalía. Por fuera, aunque la restauración trataba de evitarlo, pude ver el paso del tiempo sobre ella, con los bloques de piedras gastados por las condiciones meteorológicas y las "heridas" de algún bombardeo que sufrió aquel lugar. Aquella Iglesia, sin tejado, sin las cristaleras de color, sin sus arcos interiores, sin su pintura interior de color dorado, se parecía más a un cuerpo desnudo, sin ropa que lo abrigue, que a una iglesia.
Luego, me acerqué más y observé su interior, vacío, sin nada, con malas hierbas creciendo y trepando por sus paredes vacías y desgastadas por incendios y balazos que había padecido. Donde antes, hace 63 años se celebraban misas por los caídos en la Guerra, ahora había un par de cuervos "andando a sus anchas" al lado de herramientas desordenadas, vallas y conos de carreteras dejados allí por los operarios del ayuntamiento.
En cuanto a la Segunda Guerra Mundial, decir que el tiempo no curará las heridas, el tiempo no es un doctor, pero si puede ser una aspirina que alivie un poco el dolor.

